Recursos humanos, empleo y desarrollo en Morelos: entre
mutaciones e informalidad
Philippe Dautrey*
Abstract
This
article analyses work-oriented human resources in relationship with the
development of the State of Morelos from the observation of long term movements
– such as the variation in the sectorial composition of the working population
and the relative expansion of education –, as well as the changes in the
productive system and the spreading of knowledge in the production of goods and
services. From this, we conclude that with the expansion of services, human
resources are not sufficiently oriented towards formal and competitive
activities. This phenomenon is less pronounced in the area of Cuernavaca, which
is more developed. Also, the growing work instability is added to the
traditional flow of human resources between the formal and informal sectors,
which reinforces social polarisation.
Keywords: economic sectors, education, productive systems,
economy of knowledge, regional development.
Resumen
Este trabajo
analiza la orientación laboral de los recursos humanos en relación con el
desarrollo del estado de Morelos a partir de la observación de los movimientos
a largo plazo –como la variación de la composición sectorial de la población
ocupada y la expansión relativa de la educación–, los cambios en el sistema
productivo y la propagación del conocimiento en la producción de bienes y
servicios. De lo anterior se desprende que con la expansión de los servicios,
los recursos humanos no se orientan lo suficiente hacia actividades formales y
competitivas, fenómeno menos acentuado en la zona de Cuernavaca, más
desarrollada. Además, al tradicional tránsito de los recursos humanos entre el
sector formal e informal se agrega la creciente inestabilidad laboral; esto
refuerza la polarización social.
Palabras clave:
sectores económicos, educación, sistema productivo, economía del conocimiento,
empleo, desarrollo regional.
*
Correo-e: dauphil@hotmail.com.
Introducción
A raíz de las
mutaciones ocurridas en la economía, la formación de los recursos humanos se
convirtió en un reto contundente tanto en los países avanzados como en los
emergentes. En México, se considera estrategia central y la más alta prioridad
para el avance del país (Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, 2001: 48).
En esa lógica, se propone la ampliación del sistema de educación y capacitación
laboral para conseguir un desarrollo económico sostenible.
En realidad,
esta preocupación está ligada a que la expansión del sector terciario, del
sistema educativo y la del modelo productivo posfordista[1]
(característicos del desarrollo de las economías avanzadas) supone la
incorporación de más conocimiento.[2] En
el contexto de la creciente globalización económica –cuya cara más visible en
México es la apertura comercial– y de su corolario, la intensificación de la
competencia, tales cambios significan que es preciso elaborar productos y
servicios que encierren una cantidad mayor de conocimiento
y que, por lo tanto,
proporcionen ventajas de orden superior. En ese entorno, ‘lo local’ se inclina
cada vez más al ritmo de ‘lo global’; entonces es preciso valerse de recursos
humanos calificados y orientarlos hacia actividades competitivas.
Con base en lo
anterior, se analizan los movimientos a largo plazo efectuados en el estado de
Morelos, la variación de la estructura sectorial y la expansión de la educación
que normalmente suponen la ‘modernización’ económica. Al mismo tiempo, se
revisará la difusión de las tecnologías de la información y los cambios ocupacionales
en el sistema productivo que oculta el modelo taylorista[3]
vigente, en el cual se forjan innovaciones organizacionales. En el periodo
estudiado, posterior a 1990, también hubo cambios en el sector educativo.
En tal contexto
¿cuál fue la orientación de los recursos humanos en la entidad? Para dar
respuesta a esta cuestión, primero observaremos la naturaleza de las
evoluciones de larga duración mencionadas y el carácter de las mutaciones en el
sistema productivo, luego analizaremos cómo las particularidades del desarrollo
local hacen que los recursos humanos formen un patrón de empleo singular.
1. Los movimientos a
largo plazo
Al igual que en
las economías avanzadas, en la entidad morelense se observa un movimiento
secular hacia la conformación de un sector terciario preponderante. Asimismo,
se nota el incremento de la duración de la escolaridad. Sin embargo, antes de
aseverar si estas evoluciones resultan en una efectiva ‘modernización’ de la
economía, es necesario comprobar su magnitud e índole.
1.1. Una evolución
sectorial unívoca
El examen de la
variación de la estructura sectorial de la población económicamente activa (pea) en Morelos permite lograr un primer
acercamiento al contexto económico en que operan los recursos humanos.
Cabe mencionar que en
la entidad se presenta un patrón de distribución de la pea que no coincide con la distribución poblacional
territorial.[4] Así, destaca la zona
metropolitana de Cuernavaca –conformada por la capital, los municipios de
Emiliano Zapata, Jiutepec, Temixco y Xochitepec– como principal centro urbano
del estado, que además atrae a la creciente población descentralizada de la
capital del país.
En Morelos, el
porcentaje de mano de obra ocupada en el sector primario ha decrecido
significativamente. El empleo agropecuario menguó notablemente; pasó de 20.4% en 1990 a
13.5% en el 2000 (tasa inferior a 15.8%, que es el promedio nacional) (inegi, 2002b: 99). Esto puede deberse,
entre otras explicaciones, a que Morelos es uno de los estados del país donde
la inserción de la mujer en el sector primario es menor. Dicho decremento causó
importantes movimientos migratorios al medio urbano. En efecto, una fuerza de
trabajo joven, rural, con escuela primaria y a veces secundaria, aunque sin
mayor calificación laboral, buscó empleo en el creciente sector de servicios y
actividades comerciales en los alrededores de la zona industrial del valle de
Cuernavaca.[5]
Aunque en
menores proporciones, el empleo industrial también ha disminuido. En el 2000,
la participación de la pea en el
sector secundario mostró índices de 26.2% (en 1990 se registró 27.9% [inegi, 2000b: 99] y en 1996, 24.1% [inegi
2000a: 27]). Este sector ocupaba sólo 17.2% de la pea en 1980 (inegi,
1986: 1); sin embargo, Cuernavaca se beneficia con la desconcentración de la
actividad manufacturera desde esa década. Aunque en el año 2000 la proporción
de personas ocupadas en esa industria en relación con la población ocupada
total estaba por debajo de la media nacional (27.8% [inegi 2002b: 99]), la entidad incrementó su participación en
la producción nacional. Además, el aumento de las exportaciones y, por tanto,
mayor presencia en el comercio exterior, es un elemento que vincula a
Cuernavaca con la economía global.
Durante los años
noventa, la pea del sector
terciario pasó de 49.4 a 57.9% (inegi,
2002b: 99). El incremento de la población en este sector constituye una pauta
general del país. Los servicios vinculados al comercio son los que registraron mayor
crecimiento, pero estas actividades se relacionan en general con ocupaciones
marginales y de muy baja calificación. En el 2000, las proporciones en la
población ocupada de comerciantes/trabajadores ambulantes y de trabajadores en
otros servicios (operadores de transporte, empleados domésticos, protección,
vigilancia, servicios personales) representaron 16.5 y 20.9%, tasas superiores
a las del resto del país, que fueron de 14.8 y 17.2% respectivamente (inegi, 2002b: 101). Mientras que estas
categorías mostraban aumentos significativos respecto a 1990 –entre 35.8 y
16.1%–, la categoría de profesionales y técnicos se estancaba, así disminuyó su
importancia relativa en la pea; en
tanto, la de los trabajadores administrativos sólo logró un crecimiento de 5.6%
(inegi, 2002b: 101).
La participación
de la pea en las ramas de servicios
y comercio fue menor en los municipios con altos porcentajes de trabajo
agropecuario, sector donde es mayor la presencia femenina. En el
plano estatal, hay más mujeres en las microempresas comerciales (inegi, 2001b: 83). En efecto, Morelos
destaca por el dinamismo de la participación de las mujeres
en los micro y
pequeños negocios prestadores de servicios (inegi,
2001b: 116-117). En realidad, desde los años ochenta una inmensa cantidad de
mujeres mayores con hijos y escasa escolaridad se integró a los empleos
precarios e informales de estas ramas, tal vez forzadas por el descenso en los
salarios reales.[6]
Ellas constituyen
mano de obra fácilmente prescindible en caso de recesión económica.
1.2. Una expansión
relativa de la educación
Al mismo tiempo
que la economía se diversifica más en la entidad morelense, los niveles
educativos de hombres y mujeres se elevaron. Entre 1990 y 2000, la tasa de
población morelense ocupada de 15 y más años de edad, carente de instrucción
formal o sólo con educación primaria (completa o no) disminuyó mientras aumentó
la de quienes contaban con una preparación media básica, media superior y
superior (inegi,
2002b: 77). A
la vez, la desigualdad educativa entre sexos se redujo y fue aún menor entre
los grupos más jóvenes. Conforme a una mayor edad, los niveles educativos de la
población tendían a ser menores. Existieron también desequilibrios en los extremos
educativos (inegi,
2002b: 78) y fueron más notorios en el medio rural.[7]
Como probable consecuencia del aumento en la duración promedio de la
escolaridad, la participación de la pea de
15 a 29 años de edad decreció desde mediados de los noventa (aun cuando la
participación del grupo de 12 a 14 años de edad aumentó ligeramente durante el
mismo periodo) (inegi,
1996a: 120 e inegi,
2002a: 130).
El tamaño de las
localidades ejerce una influencia importante. Tanto al inicio como al final del
periodo señalado, la población de los municipios urbanos de Cuernavaca,
Jiutepec y Cuautla tenía mayores niveles de escolaridad que la del resto de la
entidad (inegi, 2002b: 79). En estas ciudades, el
grado promedio de escolaridad y la proporción de población con instrucción
media superior y superior eran mayores al promedio estatal. En ese sentido, la
zona urbana, que llega hasta Cuautla, pudiera calificarse en términos relativos
como competitiva cuando estos mismos niveles eran bajos en otras partes de la
entidad. Sin embargo, el rezago educativo se observó más en los municipios con
mayor número de población y desarrollo superior respecto al resto.
Tanto en Morelos
como en el resto del país, el mercado laboral repercute en las desigualdades
educativas. El acceso diferencial al mercado de trabajo depende de factores
culturales; es decir, de los papeles que se asigna a uno u otro sexo, o también
de los factores económicos, como las características que asume la demanda de
mano de obra. Asimismo, el nivel de instrucción influye de manera irrebatible
en la inserción de la población en el mercado de trabajo, pues conforme aumenta
la escolaridad, mayor es la participación de la población en la actividad
económica,[8]
sobre todo cuando se ejerce un ‘efecto lista de espera’, pues cuando aumenta el
número de candidatos a empleos de una categoría determinada, la oportunidad de
trabajo ofrecida a los más escolarizados aumenta, lo que ocasiona perjuicios a
los grupos de solicitantes con menor nivel educativo. Los datos de los últimos
años (1996-2002) en la entidad morelense muestran que se ven afectados
principalmente aquellos que tienen estudios de primaria, y en menor grado
quienes cuentan con los de secundaria (inegi, 1996a: 127 e inegi, 2002a:
137).
2. ¿Emergencia de un
nuevo modelo productivo?
Durante la última
década las innovaciones organizacionales, la difusión de los adelantos
tecnológicos y la variación de la distribución ocupacional se han agregado a
las ambiguas mutaciones sectoriales y al limitado crecimiento educativo. Dichos
procesos, también ligados a la globalización, ocurren mientras se expande el
conocimiento en el sector productivo. En esta parte examinaremos el grado que
alcanzan esas transformaciones.
2.1. Cambios
gerenciales, impacto tecnológico y modificación de la estructura ocupacional
La agudización de
la competitividad cada vez más globalizada lleva a la elevación de la
productividad y a la baja de los costos de producción mediante la organización
del trabajo. En
Morelos existe un proceso de transición hacia la constitución de una nueva
forma de industrialización, donde la reestructuración productiva se centra
primordialmente en el cambio de la organización del trabajo (el vehículo más
importante para aumentar la intensidad); por esta razón, las grandes y medianas
empresas pueden incorporar maquinaria y equipos más avanzados. Pese a ello,
continúa la organización taylorista-fordista del trabajo
con aspectos parciales de mejora continua, de sistemas ‘justo a tiempo’ y de
calidad total. La tendencia a una mayor formalización del trabajo se enmarca en
el orden de esa organización; es decir, el control directo de los supervisores
sobre los operarios excluye la delegación de poder real.[9]
Precisamente en
Morelos esa fue la razón mayor entre supervisores/capataces y trabajadores en
la actividad industrial: pasó de alrededor de 35 en 1996 a menos de 27 en 2002 (inegi,1996a: 82-85 e inegi, 2002a: 91-95). Sin embargo, la
importancia relativa de los primeros disminuyó en la pea durante la década de los noventa (inegi, 1990; inegi, 1992; inegi, 2002e: 259). Lo
anterior indica que la nueva base tecnológica se traduce en la intensificación
del trabajo.
El proceso de
reestructuración productiva en Morelos es localizado.[10]
Ahora bien, se produce un impacto tecnológico cuyo efecto fundamental es un
fenómeno generalizado de expansión, por eso los adelantos en las
telecomunicaciones e informática afectan a una amplia gama de sectores y su
flexibilidad, aun cuando la tecnología básica no experimenta cambios
revolucionarios.[11] En resumen, se expanden
las nuevas tecnologías y, paradójicamente, también los procesos intensivos
sobre la mano de obra; así, se observa que la industria maquiladora de
exportación, opera en forma muy parecida
a la de la época de la primera revolución industrial. El fenómeno es notable.
Entre 1994 y 2002 las maquiladoras se multiplicaron casi por cuatro, y la
proporción de población ocupada en esa industria (principalmente en los ramos
textil, del vestido y la electrónica) creció, aproximadamente, 25 veces en
relación con la del sector manufacturero (inegi, 1997: 365; inegi, 1998a:
366; inegi, 2002a: 316; inegi, 2002a: 388; inegi, 2003:
379).
En la estructura
ocupacional de la industria manufacturera morelense hay aspectos que pueden
calificarse de posfordistas. Uno de sus rasgos
característicos es la tendencia a disminuir la cantidad de trabajo manual
directo (el solo manejo manual de herramientas), necesario para la producción,
y destacar el trabajo indirecto (planeación, programación, mantenimiento,
etc.), tal como sucede en dicha industria, donde disminuye el porcentaje de
obreros mientras crece el de los empleados.[12]
Así, durante la década de los noventa declinó la importancia relativa de los
operadores de maquinaria fija, como consta en los anuarios de estadísticas por
entidades federativas y en inegi
(2002d: 259) e inegi (2002g: 259).
Si se considera el caso del municipio de Jiutepec –donde se localiza la
industria con mayor densidad de capital, productividad y salarios relativamente
más elevados del estado– en ese periodo, las proporciones de
inspectores/supervisores en la industria y de operadores de maquina fija,
ayudantes, peones y similares disminuyeron en más de la tercera y cuarta parte,
respectivamente; en contraste, se elevaron las tasas de profesionales (en dos
tercios), funcionarios y directivos (en 23.5%), y casi en la misma proporción
se mantuvo la de los técnicos (inegi, 2002d:
54 e inegi, 2002a: 91).
No obstante este ejemplo, aún se precisan trabajadores que cuenten con ciertas
destrezas y conocimientos básicos en la medida que dichas aptitudes quepan en
la organización laboral, como en el caso de las maquiladoras. Por esta razón,
los inversionistas del exterior buscan ventajas comparativas mediante la mano
de obra no calificada y barata. Así lo prueba, para el periodo 1996-2002, el
crecimiento, en términos relativos, de la participación de los trabajadores sin
instrucción en la actividad industrial (y en las categorías ocupacionales de
empleados, comerciantes y vendedores) (inegi, 1996a: 74 e inegi, 2002a:
80).
Por lo demás,
los cambios organizacionales y tecnológicos alteraron la fisonomía del empleo
en el estado. En 2002 la proporción de trabajadores ocupados por tiempo u obra
determinados, respecto a la de mediados de los noventa, resultó mayor en
relación con los asalariados de base, y se mantuvo estable la proporción de
aquellos con contratos verbales (inegi, 1996a:
101 e inegi, 2000b: 112).[13]
La fuerza de trabajo de las zonas de reciente industrialización, por su parte,
tiende a ser más joven que aquella de las zonas de tradición industrial (30 y
34 años de edad respectivamente), y hubo mayor participación de mujeres
(Ordóñez, 2002: 91). En realidad, la tendencia a la juventud de la mano de obra
masculina se presentó en grado distinto en la economía regional, la
participación de mujeres y hombres que tenían 40 años y más de edad empezó a
disminuir, lo que entre las primeras ocurrió de forma más acentuada. Sin
embargo, el panorama es diferente si se toman en cuenta las características de
la desocupación. La tasa de desempleo por grupos de edad entre 1992 y 2002
aumentó en los conjuntos más jóvenes; en tanto, la desocupación se mantuvo más
o menos estable entre quienes tenían 45 o más años de edad, como sucedió en el
área metropolitana de Cuernavaca, de acuerdo con los anuarios estadísticos del
estado de Morelos (inegi,
2003, en línea).
Otra
característica del mercado laboral local fue la propensión a contratar en menor
número a personas con escasa preparación escolar. Así lo señala el grado
educativo superior en las áreas de industrialización reciente; en ellas, 25% de
la fuerza de trabajo tenía estudios superiores a secundaria, en contraste con
el 19% de las zonas tradicionales; asimismo, ahí 75% tenía estudios primarios
contra 81% de la zona con industria más antigua (Ordóñez, 2002: 91-92 y 113).
En el periodo 1996-2002, el examen de la situación de la pea en la totalidad del estado mostró
una disminución relativa de la participación de personas con nivel de estudios
de primaria, tanto entre los trabajadores de actividades industriales como en
los del conjunto de comerciantes y vendedores; esto también ocurrió en los de
la categoría servicios/trabajadores domésticos y fuerzas armadas/protección y
vigilancia. En cambio, la participación de quienes tenían estudios de
secundaria (salvo en el caso del colectivo comerciantes y vendedores), medio
superior y superior aumentó (inegi,
1996a: 74 e inegi,
2002a: 80). De nuevo son divergentes las circunstancias en materia de
desocupación. Precisamente, durante el mismo lapso la observación del perfil
educativo de la población desempleada en la zona desarrollada de Cuernavaca
revela decremento en el desempleo de los grupos sin instrucción y con primaria
o secundaria completa o incompleta, mientras que aumenta en el colectivo con
educación media superior y superior, según los anuarios estadísticos del estado
de Morelos (inegi,
2003, en línea). Posiblemente esto tiene que ver con el hecho de que parte de
la mano de obra calificada provenía de otros estados.
2.2. Propagación del
conocimiento en el sistema productivo
Los cambios
tecnológicos van acompañados de la expansión del conocimiento, que se convierte
en valores económicos y además potencia las capacidades productivas de los
insumos tradicionales (recursos naturales y humanos, maquinaria). De esa
manera, la economía necesita mayor concordancia con el conocimiento, por lo
tanto, se requieren firmes sistemas educativos formales y no formales. Los
conocimientos y la fuerza de trabajo serán factores clave del proceso de
desarrollo y las ventajas competitivas. De hecho, la inserción en el orden
económico mundial aboga por el fomento de las capacidades para el trabajo
productivo. Se trata no sólo de aprovechar las ventajas competitivas nacionales
sino de construir otras mediante de la inversión, la innovación organizativa y
la capacitación del capital humano.[14]
En otras palabras, se necesitan más personas con competencias numerosas que con
escasas.
Jamás como ahora
hubo tanto conocimiento incorporado en el sistema productivo de la entidad. El
promedio de escolaridad de la pea,
que a mediados de los años noventa ascendió a 7.8 años, constituye un factor explicativo:
para los hombres, 7.6 años, y 8.3 años para las mujeres; de hecho, cuando ellas
se insertan en el mercado de trabajo cuentan con mayor preparación escolar (inegi, 2000a:
13-14). Esto no sorprende si se considera que el grado promedio de escolaridad
de la población de 15 y más años ascendió a 7.7 años durante la década de los
noventa, y fue ligeramente superior al promedio nacional (7.5%) (inegi, 2002b:
83), pero sin alcanzar el nivel de educación básica que la ley establece como
obligatoria (secundaria completa). En realidad, en los diversos sectores se
encuentran trabajadores con mayor escolaridad, de esa forma aumenta el nivel de
participación económica de quienes tienen más preparación. En el quinquenio
1991-1996, la tasa de participación económica de la población con educación
media ascendió a 62.2%, y la que contaba con educación superior, a 72.3%. Con
todo, esta última fue una de las más bajas en México (la tasa nacional alcanzó
75.8% en 1996). Cabe notar que las diferencias escolares entre mujeres y
hombres aminoraron, sobre todo en el nivel de educación media (inegi, 2002a:
17-19). En
el lustro 1998-2002, se registró una menor proporción de trabajadores con
educación primaria, incluso sin instrucción en relación con aquellas que tenían
educación secundaria, media superior y superior (inegi, 2002e: 16). La
participación por grupos de ocupación durante el periodo más largo, que abarca
los años 1996 a 2002, corrobora la abundancia de conocimiento en la economía
local. En efecto, como hemos notado, aumentó el número de trabajadores con
niveles educativos medios superior y superior –entre ellos estuvieron los
empleados en la industria, el comercio y servicios, profesionales y técnicos–
cuando decreció la participación de aquellos con nivel de primaria e incluso
secundaria,
como en el caso de
los vendedores y, de manera más nítida, en el de los profesionales (inegi, 1996a:
74 e inegi,
2002a: 80).
3. Un desarrollo
incongruente
Los cambios
sectoriales y productivos que ocurren así como la alta calificación de la mano
de obra afectan las habilidades y conocimientos previos de los distintos grupos
sociales. Acentúan la vulnerabilidad de los colectivos sin instrucción formal y
amenazan cada vez más la situación de los empleados y profesionales relativamente
más preparados, como lo demuestra el bajo porcentaje de aquellos en las tasas
de ocupación en la industria y de servicios. Sobre todo cuando esas mutaciones
traen aparejado que los sectores tradicionales dejan de impulsar la economía
local y los sectores modernos no logran generar suficientes empleos,
consecuentemente, se desarrollan el subempleo y el sector informal.[15]
3.1. ¿‘Changarrización’ o modernización?
La observación de
la distribución ocupacional de la pea en
el estado morelense durante el lapso 1990-2000 indica que disminuyó la
proporción de los trabajadores en la industria –incluyendo a los ayudantes,
peones y similares–, y de manera más tajante la de los trabajadores
agropecuarios (inegi,
2002b: 101). El considerable crecimiento de la participación en los servicios,
comercio y ambulantaje muestra claramente que las actividades terciarias
(57.9%) tuvieron mayor dinamismo en el estado que en el resto del país (53.4%
2000) (inegi,
2002b: 99). Sin embargo, la categoría de trabajadores en otros servicios y en
mayor medida la de comerciantes, dependientes y ambulantes fueron en realidad
las que más crecieron (16.1 y 35.2% respectivamente) (inegi, 2002b: 101). El examen más
pormenorizado de la categoría ocupacional trabajadores en otros servicios (operadores
de transporte, protección, vigilancia, servicios personales y empleados
domésticos) entre 1990 y 2000, en relación con la población ocupada, muestra
que la participación de los trabajadores domésticos aumentó casi 80%, en tanto
que se mantuvo la de los operadores de transporte, protección y vigilancia, de
acuerdo con los datos consignados en los anuarios de estadísticas por entidades
(inegi, 1992; inegi, 2002f: 259-260). En cambio, la de profesionistas y
técnicos aumentó sólo 8.7% (inegi,
2002b: 101),[16] pero la participación de
los primeros fue dos veces y medio mayor que la de los segundos, como señalan
los anuarios de estadísticas por entidades (inegi, 1992 e inegi 2002f: 258). Se nota también la baja
participación de los funcionarios y directivos, así como la de los trabajadores
de la educación (inegi,
2002f: 258). La
categoría de trabajadores
administrativos registró un aumento de 5.7% (inegi, 2002b: 101). De hecho, el
desglose de esta última indica que la proporción de oficinistas decreció de manera
clara (de 7.1 a 5.5%). Del mismo modo, la proporción de jefes y supervisores
administrativos estuvo en el año 2000 abajo del promedio nacional (2.3 y 2%
respectivamente), como se asienta en los anuarios estadísticos por entidades (inegi, 1992, inegi, 2002f: 259).
Al examinar la
clasificación ocupacional de la década pasada en la zona metropolitana
industrializada de Cuernavaca, hacia la que se dirige la mayoría de los
inmigrantes, la situación resulta parcialmente distinta. En dicha zona,
caracterizada por el tránsito de la industria por sustitución de importación a
la nueva industria, durante la década pasada aumentó la importancia relativa de
comerciantes y trabajadores ambulantes en relación con la de empleados, obreros
y trabajadores a destajo. En los municipios de Jiutepec, Temixco y Xochitepec,
los incrementos relativos de comerciantes y trabajadores ambulantes (entre 38.5
y 46.1%) son incluso superiores a los montos promedio del estado de Morelos y
el país 35.2 y 27.5% respectivamente (inegi, 2002b: 104).[17]
Asimismo, en
Cuautla, la otra zona industrializada del estado que registró también una tasa
de empleados, obreros y trabajadores a destajo mayor a la estatal, hubo un
crecimiento relativo de comerciantes y trabajadores ambulantes que superó con
creces a los primeros. Sin embargo, en Emiliano Zapata y particularmente en
Xochitepec, los incrementos en los porcentajes de empleados, obreros y
trabajadores a destajo fueron superiores más de dos veces a los ocurridos en la
categoría de comerciantes y trabajadores ambulantes (inegi 2002b: 98-104). Por lo
demás, en el área de Cuernavaca se observan nuevas tendencias, a pesar de que
existen ramas en decadencia. En los últimos años se incorporó más conocimiento,
vector del trabajo abstracto, en el sector terciario. Esto lo demuestra el
claro aumento en los rubros de profesionistas y técnicos (22.9%), y
funcionarios superiores y personal directivo (44.9%) entre 1996 y 2002 (inegi, 2003, en línea).[18]
Así, resulta que las tasas de comerciantes, vendedores y similares, de
trabajadores en servicios personales y conducción de vehículos y trabajadores
industriales disminuyeron ligeramente durante los mismos años (entre 1.6 y
4.8%) (inegi,
2003, en línea).
Considerando el
estado en su conjunto, no se trata de una expansión del sector terciario
asociada al desarrollo industrial, por eso no hay aumento significativo en la
categoría de profesionistas y técnicos. Por lo general no se desarrollan
servicios que requieran un abanico de conocimientos y competencias amplias. El
examen de la clasificación ocupacional en el sector terciario hace evidente la
polarización de su crecimiento y que, además, no ofrece una masa crítica
suficiente de servicios financieros de apoyo a los negocios capaces de
transformar los diversos reductos de la producción que operan con una base
técnica primitiva; tampoco se favorecen las innovaciones tecnológicas
vinculadas con las ventajas competitivas superiores cuyo uso en los procesos
productivos está cada vez menos relacionado con la mano de obra no calificada.
De hecho, para el desarrollo de la tecnología de punta, identificada como
ventaja competitiva determinante en la competencia global, se requiere no sólo
mayor diversificación del apoyo institucional a la innovación, sino también
alternativas de capital de riesgo para las empresas, de manera que alcancen a
compensar los riesgos inherentes a las inversiones en la innovación.[19]
En el año 2000, la población ocupada en las ramas de servicios de apoyo a los
negocios (1.6%) y sobre todo en los servicios financieros y de seguros (0.5%)
estaba debajo del promedio nacional (1.7 y 0.8%, respectivamente, como se
menciona en los anuarios estadísticos por entidades federativas y en inegi [2002f: 271]). Las limitaciones
financieras en apoyo a los negocios del polo de innovación de Cuernavaca,
principalmente las microempresas cuya competitividad se basa en el dominio
tecnológico y la invención, son precisamente las que en buena parte explican la
razón por la que no se rebasó la etapa de despegue. Además, desde 1995 se
observan, por un lado, la declinación del crecimiento de las empresas de base
tecnológica y, por otro, poco impacto en las innovaciones de productos,
servicios o procesos.
A mediados de
los años noventa, Morelos se ubicaba casi a mitad del camino entre las
entidades más industrializadas (como el Distrito Federal, Sonora o Baja
California), por sus bajos porcentajes de trabajadores por cuenta propia y
estructura económica más diversificada –donde la industria y los servicios
ligados al desarrollo acaparan una mayor proporción de trabajadores–, y
aquellas, fundamentalmente agrícolas, como Oaxaca, Guerrero o Chiapas, en las
cuales se concentran actividades de pequeña escala que no requieren mano de
obra calificada y en general muestran condiciones laborales precarias. A
principios del siglo xxi, más de
un trabajador de cada cinco labora por cuenta propia en la entidad morelense (inegi, 2002b: 96). Es probable, como destaca
repetidamente el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (inegi), que la mayoría de quienes realizan
este tipo de trabajo, cuya característica es la heterogeneidad, lo haga debido
a la falta de alternativas para mejorar su situación laboral. Además, el sector
terciario sigue ligado al comercio –en mayor medida que en el resto del país– y
a la participación de la población no calificada en unidades familiares de
pequeña escala (servicios personales y domésticos) donde, por cierto, falta
inversión y tecnología, como se advierte en los anuarios estadísticos del
estado de Morelos (inegi,
1990a y 2003).[20]
3.2. Mayor
inestabilidad laboral
Según el inegi, la categoría empleo precario
considera, entre otras, la ausencia de prestaciones sociales para los
trabajadores asalariados y no asalariados. En el caso de Morelos, el examen de
ese tipo de situación respalda la hipótesis de la precariedad en el mercado
laboral. Si se toma en cuenta la obtención o no de prestaciones –un indicador
de la frecuencia de los empleos estables, ya que se suman a los salarios en los
costos de producción y no se otorgan al personal sin un contrato duradero–, se
nota que más de la mitad (54.8%) de la población asalariada no recibía
prestaciones sociales a raíz de la crisis de 1994-1995, cifra superior al
promedio nacional (42.6%) (inegi, 2002a: 56). Aún en el 2000, en los
rubros de prestaciones laborales de la población asalariada, las proporciones
nacionales son mayores que las estatales (inegi, 2002b: 108). Así, Morelos está entre los estados con mayor
porcentaje de población que no recibe prestaciones. Entre 1996 y 2002 la tasa
de población ocupada sin prestaciones decreció ligeramente, lo que represento
70%, aunque en 2000 era de 69% (inegi, 1996a:
92; inegi, 2000b: 98; inegi, 2002a: 103). Pero en términos relativos, se registró un
poco más de asalariados sin prestaciones (0.25%) (inegi, 1996a: 101; inegi, 2002a:
112).
Por otro lado,
la proporción de población ocupada que no recibe ingresos, en su mayor parte
mujeres, aumentó cerca de 39% en la década pasada, como lo corroboran los
anuarios de estadística por entidades federativas (inegi, 1992; inegi, 2000a;
inegi, 2002g: 318). Al mismo tiempo, la
proporción de quienes cobran menos de un sueldo mínimo quedó prácticamente
igual y creció la de trabajadores asalariados con ocupaciones de bajos ingresos
(inegi, 2002g: 318).
Por lo demás, la
intensificación del trabajo no remunerado y otras formas de trabajo precario
(el llamado “por cuenta propia”) dan pauta de los movimientos de los mercados
laborales en periodos de crisis o de bajo crecimiento. En el caso de Morelos se
observa que el porcentaje de empleados, obreros y trabajadores a destajo era de
54.1% en 1990, y pasó a 49.5% en 1995; después de la crisis de ese año, aumentó
nítidamente la tasa de trabajadores por cuenta propia y aún más claramente la
de aquellos sin pago –cuatro veces y medio más–. Por el contrario, la
participación de la pea en estas
categorías disminuyó en cuanto hubo crecimiento en el empleo asalariado. Al
aumentar de nuevo la proporción de empleados, obreros y trabajadores a destajo
entre 1995 y 2000 en alrededor de 7%, decreció casi a la mitad de la totalidad
la de los trabajadores sin pago; mientras que el número de trabajadores por
cuenta propia descendió a 17.4% (inegi, 2002f:
228; inegi, 2002b). Es interesante mencionar que
en grados diversos se presentan tendencias similares a estas en los mercados de
trabajo de las localidades morelenses pequeñas, por ejemplo, en Zacatepec de
Hidalgo y Jojutla (inegi, 2002b: 98-104).[21]
Igualmente instructivo es que en el comercio y el ambulantaje, donde abundan
los trabajadores por cuenta propia, hay una fuerte presencia de mujeres,
quienes se incorporan con frecuencia a los grupos de ingresos más bajos y
posiciones laborales precarias. Por añadidura, la similitud de los movimientos
de las categorías de trabajadores a sueldo, salario, comisión y destajo, por
cuenta propia y sin pago en la zona metropolitana de Cuernavaca corrobora sin
duda alguna la realidad de la movilidad entre el mercado laboral de asalariados
y los mercados más precarios,[22]
de acuerdo con los anuarios estadísticos del estado de Morelos (inegi, 2003 en línea).
En resumen,
siempre que decrece el número de trabajadores a sueldo, salario, comisión y
destajo aumenta la proporción de personas que laboran por cuenta propia o sin
pago y a la inversa. De este modo, se observan movimientos ad
infra entre mercados
laborales diferenciados, los más precarios sirven de amortiguadores sociales en
caso de crecimiento económico insuficiente y absorben la demasía de la pea. Antes que sufrir la exclusión de la
participación económica, la fuerza laboral se coloca en los mercados más
inestables. En ese sentido, el sector terciario mercantil informal cumple la
función social de receptor de mano de obra excedente, de la que puede decirse,
recurriendo al lenguaje marxista, que constituye la reserva de mano de obra.
Las tasas de
ocupación parcial y de desocupación, superiores a las del país (inegi 2002b:
94),[23] y
la baja tasa de desempleo abierto –0.5% de la pea
en 2002 (inegi
2002a: 2005)–,[24] acentuada entre las mujeres,
también reflejan el grado de inseguridad económica en la entidad. En el año
2000, la tasa de población morelense ocupada, que laboraba de 33 a 48 horas a
la semana (40.9%) era inferior a la que se registraba a escala nacional
(47.2%), y el grupo de quienes trabajaban más de 48 horas era mayor (inegi, 2003, en línea).[25] La
situación desfavorable se presentaba también en los grupos que laboraban 32
horas; en ellos se encontraban cerca de un tercio de las mujeres ocupadas en
Morelos dado que tendían a emplearse en actividades económicas que no exigían
jornadas laborales de siete o más horas diarias (inegi; 2002b: 105).
Sobresale el hecho de que los motivos para laborar tiempo parcial se vinculan
cada vez más con razones de mercado. Así, en relación con 1995, dichas causas
ocurrieron 23% más en 2002 en el área metropolitana de Cuernavaca (inegi; 1996a:
67 e inegi; 2002a:
73).
El crecimiento
fue incapaz de absorber toda la mano de obra, esto provocó la precariedad
laboral, que evidencia, dicho sea de paso, la distribución estadística de la
fuerza laboral en mercados dispares. En los años sesenta y ochenta, los
importantes flujos de mano de obra no calificada atraídos hacia los municipios
de la zona metropolitana de Cuernavaca y Cuautla integraron un importante
contingente de fuerza de trabajo que formaría parte del subempleo, a la vez que
se multiplicaron las actividades insuficientemente especificadas. Sin embargo,
en los últimos años apareció otra tendencia, debida al aumento del ritmo de los
movimientos, que pasaron de un tipo de trabajo y relación laboral a otro más
precario. Esto sucedió, al menos, en el área de Cuernavaca, la más activa del
estado. En esta zona, la desocupación parcial por razones de mercado ascendió a
9.7% durante 1995-2002 (inegi
1999b: 293),
y los ceses
aumentaron 95.1% en el periodo 1993-2002, mientras que el trabajo temporal sólo
disminuyó en un tercio (inegi,
1994a: 234 e inegi, 2003, en línea). Así, entre 1993 y 1999, la proporción de ceses fue
superior a la del país, con excepción del año 1993. En ese mismo periodo, los
porcentajes de pérdida de trabajo temporal son inferiores, según los anuarios
estadísticos del estado de Morelos (inegi,
1993a: 126; inegi, 1996b: 128; inegi, 1998b: 140; inegi,
2000c: 221; inegi, 1998a: 26-27; inegi, 1999a: 27). De la misma manera, los lapsos de desempleo
se redujeron entre 1992 y 2002, lo que indica, entre otras razones, la
intensificación de la movilidad entre mercados laborales de distintas índoles
(el desempleo con duración de una a cuatro semanas aumentó 48.1% y el de nueve
y más semanas disminuyó 59.2%) (inegi,
2003, en línea).
Todo sucede como
si la mano de obra periférica, con menor calificación, estuviera supeditada en
mayor grado a la coyuntura económica y por consiguiente a la flexibilidad
numérica, en tanto que una ‘ciudadela’ de profesionales, quienes gozan de mayor
calificación y estabilidad, está asociada a la flexibilidad de índole funcional
y a la capacitación; ésta es mayor entre los más calificados y hace que la
permanencia en el puesto de trabajo sea más duradera. Sería interesante
observar las características de la movilidad laboral de los grupos locales más
precarios en relación con la emigración a otras entidades de la república o a
Estados Unidos como consecuencia del deterioro del empleo. De igual manera
sería relevante examinar las repercusiones de la presión que ejerce la
población joven y de adultos mayores en los mercados laborales de Morelos (inegi; 2002b,
90).[26]
Además, el desempleo de los grupos más jóvenes, que entre 1992 y 2002 aumentó
de 20 a más de 50% en el área de Cuernavaca, constituye en sí un indicio de
nuevas condiciones laborales (inegi,
2003, en línea).
Conclusiones
Debido a los
cambios gerenciales, tecnológicos y ocupacionales, en el sistema productivo
morelense se producen transformaciones en varios grados en la relación
tecnología-trabajo –incluida la expansión de procesos de producción intensivos–
mientras se incorpora más conocimiento. Sin embargo, el desarrollo no es
suficiente ni capaz de producir más ventajas competitivas superiores y, por
ende, empleos estables, aunque el fenómeno es menos marcado en la zona
metropolitana de Cuernavaca. El crecimiento económico, demasiado débil, va
acompañado de la extensión de la economía informal que continúa creciendo,
incluso en el país.[27]
Entonces es preciso reforzar el marco institucional de apoyo a la innovación y
establecer políticas más firmes de generación de empleos y capacitación que
contrarresten los movimientos ad infra en el mercado laboral.
La orientación de
los recursos humanos, en resumidas cuentas, no puede marginarse de la
organización institucional, ya que ésta es capaz de fomentar la innovación y la
inversión productiva. Tampoco pueden entenderse las relaciones entre recursos
humanos y empleo sin tomar en cuenta las sustituciones entre equipo y trabajo
entre las distintas calificaciones y entre la producción regional y la
importación que ocurre.
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y realidades del Morelos actual,
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, unam, Cuernavaca.
Recibido: 7 de mayo de 2004.
Aceptado: 5 de febrero de 2005.
Philippe
Dautrey
realizó la maestría en economía en la Universidad de Aix-Marseille
(Francia), la maestría en idiomas y civilización en la Universidad de Lille iii (Francia) y el doctorado en
humanidades por la Universidad de París x.
En la actualidad sus líneas de investigación se dirigen a la formación
profesional, recursos humanos, empleo y desarrollo, al igual que lecturas
extensivas en ciencias sociales (economía, sociología) y humanidades (historia,
geografía, antropología) sobre Europa, América Latina y del Norte, así como en
biología y ecología. Ha publicado “La Formation professionnelle publique des adultes:
un enjeu fondamental pour la province de Teruel”, Crisol, revista del Centro de
Investigaciones Ibéricas e Iberoamericanas de la Universidad de París x, segunda época, núm. 7, Nanterre, abril de 2004, así como la traducción al español
de este texto para publicarse en la revista Teruel del Instituto de Estudios Turolenses
(Aragón, España), en proceso de arbitraje.
[1]
El posfordismo corresponde a la nueva fase de
desarrollo del capitalismo. En ella, la división del trabajo interna es
flexible y orientada hacia una producción diferenciada. El trabajo (la
combinación y la racionalización de los recursos humanos) es multifuncional e
incorpora iniciativas teórico-prácticas de los operarios.
[2]
Al extenderse el trabajo indirecto (e incorporarse más saber abstracto en el
sistema productivo) y al reducirse el trabajo directo, el tamaño y la
composición de los recursos humanos se modifican. Además, la revolución
tecnológica en la informática y las comunicaciones permite un salto de calidad
en la productividad.
[3]
Corresponde a la fase anterior al posfordismo. En
dicha etapa, la producción es estandardizada. La
separación entre concepción y ejecución caracteriza el trabajo así como su
parcialización.
[4]
En la entidad morelense, como en el resto del país, la inserción en la
actividad económica para los dos sexos crece en la medida que las localidades
tienen más habitantes. Por eso existe en los municipios rurales del estado una pea excedente que se desplaza diaria o
semanalmente para trabajar en la zona metropolitana de Cuernavaca.
[5]
A esta migración se suma la tradicional de los campesinos procedentes de
Guerrero, Puebla y Oaxaca.
[6] Durante el 2000 se registró en el
estado de Morelos una participación en la actividad económica de 52.6% (en 1996
era de 52.8%, y de 56.7% en 1998), tasa por arriba del promedio nacional que
era de 50.5% (inegi
2001a; inegi,
1996a; inegi,
1998a; e inegi,
2002d: 218-219).
Es cada vez mayor la participación de las
mujeres y menor el abandono del mercado laboral cuando tienen hijos (la
ampliación femenina en el empleo fue gradual, primordialmente de mujeres
jóvenes, preparadas y solteras que se incorporaron al sector moderno de la
economía, sobre todo en la administración pública y en los servicios privados).
[7]
En Morelos, las localidades con menos de 2,500 habitantes presentaron mayor
porcentaje de población sin instrucción mientras que las de 100,000 y más
habitantes registraron menor proporción. En éstas hay más población con
estudios medio superior y superior.
[8]
Dada la importancia de las competencias no escolares, el nivel educativo no
influye necesariamente sobre la probabilidad de ubicarse en el desempleo. No
obstante, a mediados de los años noventa, el estrato conformado por el Distrito
Federal, Aguascalientes, San Luis Potosí y Morelos presentaba las menores tasas
de actividad económica de la población de 12 y más años sin la preparación
escolar básica inserta en el mercado laboral.
[9]
Existe todavía la división entre la concepción del trabajo y su ejecución, y el
trabajo del obrero individual. La tarea de este último es parcial y
estandarizada. Sin embargo, tales aspectos pueden coincidir con la movilidad
horizontal de los operarios, lo que implica el uso flexible de la fuerza de
trabajo y eventualmente la polivalencia. Pero se excluye normalmente la adición
de tareas, por lo cual las labores de producción aún se hallan separadas de las
de mantenimiento y control de calidad.
[10]
La reestructuración afecta sobre todo a las industrias química farmacéutica y
automotriz, que aumentan su participación en el producto manufacturero total, y
en menor grado, la minera y la forestal. Las de los textiles y del vestido (así
como la de alimentos y bebidas) conforman ramas en decadencia. En realidad, la
modernización productiva, muy desigual en ramas y empresas, compromete
principalmente a las grandes y a las medianas empresas de capital extranjero, y
las medianas, pequeñas y microempresas de capital nacional quedan al margen de
este proceso.
[11]
La reestructuración puede ahorrar mano de obra y traer un aumento en el grado
de automatización de la maquinaria y equipo hasta llegar a niveles cercanos al
cien por ciento, como en el caso de Roche-Syntex
(división química) y en Cimientos Moctezuma.
[12]
Nuestras observaciones cubren el periodo 1995-2002 y se basan en los anuarios
de estadísticas por entidades federativas ediciones 1999 a 2004, publicados por
el inegi,
y en la Encuesta
industrial mensual del año 2004.
[13]
Entre 1996 y 2002, el porcentaje de trabajadores por tiempo determinado u obra
determinada aumentó en 157, mientras que la fracción de población asalariada
con contrato por tiempo indeterminado decreció 5.2%. Sin embargo, esta clase de
trabajadores precarios representa sólo 5.4% de la población asalariada en 2002.
[14]
Las ventajas de orden superior se asocian a la gran empresa y se localizan en
Jiutepec, específicamente en las industrias químico-farmacéutica y automotriz,
de las cuales se deriva 60% de las exportaciones, de acuerdo con Ordóñez (2002:
109).
[15]
El esquema no es nuevo. Ya Oswald (1992: 112) señala
que después de más de 20 años de funcionamiento, las empresas de la Civac (Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca)
trabajaban principalmente con tecnología avanzada y por lo mismo requerían
pocos obreros sin preparación y calificación, los cuales abundaban en Morelos.
El reclutamiento de personal y la mano de obra calificada provino
fundamentalmente del cercano Distrito Federal. Por eso la Civac
no fue un centro empleador importante de fuerza de trabajo local.
Paralelamente, los programas de apoyo a las microindustrias llegaron a la
constitución de unidades familiares carentes de tecnología y capital que
pertenecían a la economía subterránea.
[16]
En Morelos, los profesionistas se encuentran sobre todo en localidades de
100,000 y más habitantes (Cuernavaca, Cuautla y Jiutepec) y el mismo fenómeno
ocurre con los trabajadores administrativos.
[17]
Se comprueban, en menor grado, los mismos fenómenos en localidades más
pequeñas, como Jojutla y Zacatepec de Hidalgo.
[18]
En el año 2002, las tasas estatales de profesionistas/técnicos y funcionarios
supe-riores/personal directivo (respectivamente 10.7
y 1.6%) fueron inferiores a las del área metropolitana de la ciudad de
Cuernavaca: 14.2 y 3% de la población ocupada.
[19]
El desarrollo de la innovación requiere un agrupamiento competitivo en torno a
las ramas industriales: educación e investigación –la cual tiene vinculación y
sustento en instituciones de la cercana Ciudad de México, en el caso del polo
de innovación de Cuernavaca–, transporte y logística, así como
telecomunicaciones, informática y servicios financieros.
[20]
Los últimos planes y programas de capacitación y adiestramiento para el
trabajo, 1999 a 2002 según sector de actividad, reflejan el desarrollo
particular de la entidad. En efecto, versan sobre los servicios y el comercio,
que mostró el crecimiento relativo más alto (20%). También se nota una
disminución relativa de los programas orientados hacia la industria de la
transformación y el transporte (inegi, 1990: 228 e inegi, 2003: 289).
[21]
Cuanto más grande es la localidad, más son los porcentajes de empleados y
obreros y menos los de trabajadores por cuenta propia y sin pago.
[22]
Nuestra observación cubre el periodo 1994-2002.
[23]
En el año 2000, más de una de cada cinco personas, 21.1%, se encontraba
parcialmente ocupada o desocupada en Morelos, proporción mayor a la nacional:
18.7%. La ocupación parcial incluye a la población ocupada que labora entre una
y menos de 35 horas en la semana de referencia.
[24]
La tasa nacional de desempleo abierto (el cociente entre la población
desempleada y la pea por 100)
alcanza 1.9%.
[25]
La tasa estatal representaba 33.9% y la nacional 30.2%. En el área
metropolitana de Cuernavaca se nota una disminución de la mitad de los ocupados
que laboraron más de 48 horas entre 1995 y 2001.
[26]
El 41.3% de los hombres mayores de 65 años sigue participando económicamente.
[27]
De acuerdo con El
Universal (14 de febrero de 2004) apoyándose en las
cifras del inegi,
entre 2000 y 2003 creció el número de personas ocupadas en la economía
informal. Asimismo, en relación con 2002, se incrementó la cifra de aquellos
que laboran por su cuenta y la de las personas que trabajan sin recibir pago
alguno. Cabe señalar que entre 1990 y 2000, las proporciones de trabajadores
por cuenta propia y de activos sin pago aumentaron cuando bajó netamente la
tasa de asalariados.